Qué hay detrás de una adicción: la anestesia de una pena
Claudia SasmayCompartir
¿Por qué empezamos con un cigarro, un chocolate o un trago y después no podemos parar? ¿Por qué hay personas que no sueltan el celular ni para ir al baño? ¿Y por qué cuesta tanto que alguien que queremos deje de consumir, aunque lo esté perdiendo todo?
Pasadas las Fiestas Patrias, con bastantes excesos encima, me invitaron a Encantadas a conversar sobre lo que se esconde detrás de una adicción. Mi respuesta corta es que casi siempre hay una pena que alguien no quiere sentir. Te comparto la entrevista completa y abajo lo que más me importa que te lleves.
Nos volvemos adictos al resultado
Nadie es adicto a pasar la tarjeta de crédito. Lo que engancha es lo que viene después, el placer de recibir la compra. Con el consumo pasa algo parecido: el cerebro libera dopamina, la hormona del placer, y esa sensación dura muy poco. Entonces aparece el quiero más, quiero más, quiero más.
El problema está en la recaptación. Empiezo con un cigarro, un chocolate o un traguito, y al poco tiempo ya no busco la sustancia en sí. Busco la dopamina que me da. En mi programa Transfórmate el Despertar muestro la diferencia entre un cerebro con adicción y uno sin ella, y lo que más impresiona es la urgencia del primero por recaptar dopamina rápido. Por eso una persona con una adicción rara vez tiene una sola. Suele tener varias.
Compulsión o adicción
Hago una distinción que ayuda a ordenar. La compulsión es un acto repetitivo: puedo comprar compulsivamente sin parar. La adicción aparece cuando hay una necesidad de la sustancia. En los dos casos, igual, la pregunta de fondo es la misma: ¿qué estoy intentando satisfacer con esto?
La adicción es la solución a la pena
Esto es lo que más me importa que se entienda. La adicción no es el problema. Es la solución que alguien encontró para no sentir una pena, es su anestesia. Como decía Viktor Frankl, toda adicción esconde un sufrimiento que no queremos sentir. Mientras miremos solo la conducta, vamos a pelear con el síntoma y el dolor de fondo va a seguir ahí.
Tienes una adicción, no eres un adicto
No me gusta decirle adicto a nadie. Cuando le digo a alguien eres adicto, le estoy diciendo que toda su identidad está enferma de eso. Pasa lo mismo cuando decimos eres diabético, eres depresivo, eres obeso. Es muy distinto decir tienes una adicción al alcohol o tienes un conflicto con la comida. Con la identidad hay que tener cuidado, porque la persona es mucho más que aquello con lo que está luchando.
El vacío que intentamos llenar con comida
La adicción a la comida es algo que trabajo bastante, y detrás suelo encontrar varios conflictos posibles. Uno es el abandono: necesito llenarme de lo que me falta. Por eso pregunto si hubo una gran pérdida, una distancia o una separación importante. Otro es la necesidad de ser vista. Tuve una paciente, la menor de muchos hermanos, para quien hacerse grande fue la manera inconsciente de que la miraran.
Los kilos también pueden funcionar como protección frente a la mirada juiciosa de los demás, como si lo que dicen rebotara. Todo esto ocurre muy por debajo de la conciencia, y siempre lo trato como hipótesis que hay que corroborar con cada persona.
Lo que pasa por la boca nos lleva a la seguridad
La comida, el alcohol y el cigarro tienen algo en común: pasan por la boca, y eso nos devuelve a un estado regresivo, a la infancia. Se dice que el cigarrillo funciona como el pezón de la madre. No significa necesariamente que quien fuma tenga un conflicto con su mamá. Significa que ese gesto lo devuelve al momento en que más seguro se sintió: la gestación, donde la succión empieza alrededor del quinto mes, y después la lactancia. Nuestro sistema nervioso vive entre sentirse en seguridad o en peligro, y muchas adicciones son un intento de volver a ese lugar calentito.
Con el alcohol veo algo parecido. Desde la Biodescodificación, los líquidos se relacionan con las referencias, porque el primer ambiente que conocimos fue líquido y el primer alimento, la leche materna. Por eso me pregunto qué pasó con las referencias de esa persona: padres en conflicto, abandono temprano, o niños que muy chicos tuvieron que hacerse cargo de sí mismos y de otros. También veo mucho a hombres que empezaron a tomar cuando tocaba salir a fiestas y hablar con chiquillas. El vaso en la mano les daba algo externo para sentirse más fuertes o menos tímidos.
Adictos a la mirada del otro
Hoy casi todos tenemos algún nivel de adicción al celular. En Biodescodificación hablamos de la referencia externa: necesito el like, la validación, que el otro me encuentre linda, inteligente, deseable. Y quien no publica nada pero se pasa el día mirando qué hacen los demás tampoco está a salvo.
Cuando hago scroll sin parar, no estoy en el momento presente. Entonces la pregunta vuelve a ser la misma: ¿qué evito sentir? Muchas veces es soledad. Es contradictorio, porque cada vez nos quedamos más solos, pero el feedback virtual nos hace creer que estamos rodeados de gente. Yo propongo pausas conscientes. Cuando cocino o como, mi teléfono está desconectado, y a cierta hora lo apago. En esos espacios puedes observar qué te pasa cuando sientes la necesidad de tomarlo.
Cómo saber si tienes una adicción
La primera pregunta es simple: ¿puedo estar unas horas sin esto? Sin el celular, sin el cigarro, sin el chocolate, sin el alcohol. Si la respuesta incomoda, ahí hay algo que mirar.
No hay sanación sin reconocimiento. Por eso sugiero escribir, tomar conciencia de los temas que tenemos pendientes. Y por eso la terapia no funciona cuando uno va por otro. Cuando llega un hombre diciendo que lo mandó su señora, le digo que así no va a resultar. Tiene que existir un objetivo propio.
Cuando es alguien que queremos
Duele mucho mirar desde afuera a alguien que queremos y sentirnos impotentes. Lo primero es aceptar algo difícil: no podemos hacer por el otro lo que él no está dispuesto a hacer por sí mismo. Cada uno tiene su camino.
Sí podemos estar atentos. Hay consumos que parecen funcionales porque la persona igual va a trabajar, pero toma de miércoles a domingo. Eso ya es un consumo problemático. Y el consumo diario de alcohol no se recomienda en ninguna circunstancia; lo del vinito bueno para el colesterol es un mito. También ayuda no aislarlo con reproches constantes, porque eso muchas veces lo empuja a consumir a escondidas.
Por qué la voluntad no alcanza
A la persona con una adicción le decimos ¿cómo no vas a poder dejarlo? Y no puede. Cuando tenemos una emoción que no queremos sentir, la amígdala cerebral toma el control, lo que Daniel Goleman llamó secuestro amigdalar. En ese estado, la corteza prefrontal, donde viven las funciones ejecutivas y la voluntad, se apaga. Pedirle fuerza de voluntad a un cerebro secuestrado es pedirle algo que en ese momento no tiene disponible.
En mis clases enseño un gesto somático muy simple: poner una mano en la frente, sobre la corteza prefrontal, y quedarse unos segundos ahí. Es una forma de volver al cuerpo y preguntarse qué me está pasando, en qué momento de mi vida me sentí abandonada o sola. Toda adicción, igual que los síntomas, aparece cuando nos salimos de nosotros mismos.
Volver al niño herido
Para mí, el ego es el niño herido. Es ese niño el que necesita tomar, fumar, comer chocolate o drogarse. Por eso uno de los ejercicios que hago con mis pacientes es armar un altar a su niño interior: una foto de esa edad, unas flores, o el juguete que nunca le pudieron comprar. Es volver a conectarse con la edad en que faltó amor, porque esa es, muchas veces, la edad a la que intentamos regresar una y otra vez a través de la adicción.
Este acompañamiento no reemplaza el tratamiento médico ni psicológico, sobre todo cuando hay una adicción instalada. Lo complementa, buscando el origen emocional de lo que está pasando. Si esto te resuena, puedes agendar una sesión individual o conocer el Método N.E.S.® y los programas de formación.
Porque detrás de cada adicción hay alguien que alguna vez necesitó ser sostenido. Y nunca es tarde para darle a ese niño lo que le faltó.
— Claudia Sasmay
Preguntas frecuentes
¿Por qué no podemos parar una vez que empezamos?
Porque el consumo libera dopamina, la hormona del placer, y esa sensación dura muy poco. El cerebro busca recaptarla una y otra vez. Con el tiempo, la persona ya no busca la sustancia en sí, sino la dopamina que le produce, y por eso suele terminar con más de una adicción.
¿Qué diferencia hay entre compulsión y adicción?
La compulsión es un acto repetitivo, como comprar sin parar. La adicción aparece cuando hay necesidad de una sustancia. En ambos casos la pregunta de fondo es qué se está intentando satisfacer con esa conducta.
¿Por qué es mejor no decirle "adicto" a alguien?
Porque decir eres adicto convierte la adicción en toda la identidad de la persona. Decir tienes una adicción al alcohol o tienes un conflicto con la comida separa a la persona de aquello con lo que está luchando, y eso cambia la forma de trabajar con ella.
¿Cómo sé si tengo una adicción?
Una primera pregunta es si puedes estar unas horas sin esa sustancia o conducta: el celular, el cigarro, el alcohol, la comida. Si cuesta mucho, hay algo que mirar. El reconocimiento es el primer paso, porque no se puede sanar lo que no se reconoce.
¿Cómo puedo ayudar a un familiar con una adicción?
No podemos hacer por el otro lo que no está dispuesto a hacer por sí mismo. Sí podemos estar atentos a señales de consumo problemático, evitar aislarlo con reproches que lo lleven a consumir a escondidas y acompañarlo a buscar ayuda profesional cuando esté dispuesto.
¿Por qué la fuerza de voluntad no basta para dejar una adicción?
Porque ante una emoción que no queremos sentir, la amígdala cerebral toma el control y la corteza prefrontal, donde está la voluntad, pierde protagonismo. Por eso el trabajo apunta a regular el sistema nervioso y a encontrar el dolor de fondo, siempre en complemento con el tratamiento profesional que corresponda.