Por qué se enferman los niños: el mundo emocional detrás del síntoma

Claudia Sasmay

¿Por qué hay niños que se enferman de todo y otros que casi nunca? ¿Es de verdad el chiflón, dormir sin calcetines, la mala suerte? ¿O hay algo más profundo pasando en el cuerpo de un niño cuando aparece el asma, la alergia, el resfrío que no termina de irse?

Terminando el invierno, con muchos papás y mamás cansados de virus e influenzas, fui invitada a Clave Social para conversar justo sobre esto. Y quise partir desmitificando: el niño no se enferma por descuido ni por azar. El síntoma tiene una lógica, y esa lógica casi siempre pasa por su mundo emocional. Te comparto la entrevista completa y abajo lo que más me importa que te lleves.

Entender es parte de sanar

Siempre digo que entender te ayuda a sanar más rápido. Cuando no tienes soberanía sobre tu propio cuerpo, cuando dejas tu recuperación en manos de algo externo y tú no haces ningún movimiento por dentro, es más difícil. En mi libro dedico un capítulo entero a algo que me importa distinguir: no es lo mismo curarse que sanarse. Curarse puede venir de afuera. Sanarse es el trabajo que haces tú, hacia adentro, para encontrar el origen de lo que el cuerpo está expresando.

Con los niños pasa lo mismo, con un matiz enorme: su cerebro está en pleno desarrollo. La neurociencia actual ya no habla de que el cerebro madura en la primera infancia ni en la adolescencia. Habla de que la maduración se completa cerca de los 28 o 30 años. Un niño todavía no sabe hacerle frente al dolor. No tiene las herramientas. Y ahí es donde los adultos tenemos un rol que muchas veces no vemos.

Somos cuatro realidades a la vez

Cuando me preguntan si las enfermedades son psicológicas, prefiero precisar. No somos solo psique. Somos cuatro realidades que conviven: una mente que genera pensamientos y creencias, un cerebro que comanda todo, los tejidos del cuerpo y una parte energética que cada quien nombra según sus creencias. Nada de lo que vivimos pasa inadvertido para el cerebro.

Eso es lo que empezó a estudiar el Dr. Hamer hace más de 40 años, después de una pérdida enorme en su propia vida. Descubrió que ante un evento externo el cerebro activa un relé, y ese relé activa un tejido específico. Cada conflicto emocional tiene un correlato biológico preciso. De ahí viene la idea que sostiene mi trabajo: detrás de casi cualquier síntoma hay un biochoque, un trauma que quedó guardado sin resolver.

La enfermedad tiene un origen multifactorial

Quiero ser muy clara con esto, porque es donde más se malinterpreta lo que hago. Toda enfermedad tiene un origen multifactorial. Nunca es una sola causa. Aquí es donde entra la epigenética: puedo traer una programación celular hacia cierta enfermedad, una familia entera con hipertensión o con diabetes, pero necesito un ambiente para que esa programación se active o se quede dormida.

Y ese ambiente incluye muchas cosas. La alimentación, y hoy hablamos de comida ultraprocesada, no simplemente procesada. La calidad del sueño. Las pantallas y las radiofrecuencias. La regulación emocional. Y la información transgeneracional, esa herencia que estudian científicos como Rachel Yehuda y Bruce Lipton. Yehuda investigó familias de sobrevivientes del holocausto y encontró descendientes que nunca vivieron la guerra, pero cargaban síntomas de estrés postraumático, ansiedad crónica y enfermedades autoinmunes. El conflicto se hereda.

Nunca dejamos de sentir

En la entrevista lo dije con la regla de los tres. Podemos estar tres minutos sin respirar antes de morir de hipoxia, tres días sin agua, tres semanas sin alimento. Pero nunca, ni un segundo, podemos dejar de sentir. Incluso mientras dormimos estamos sintiendo.

Ese es el problema hoy. Estamos conectados todo el tiempo, recibiendo información de todos lados, y no estamos haciendo lo que el cuerpo necesita: liberar la emoción. Vivimos en lo que yo llamo la emoción mentirosa. Alguien te pregunta cómo estás y respondes bien, aunque estés pésimo, porque decir la verdad no siempre es socialmente aceptado. Esa emoción que no sale no desaparece. Se guarda. Por eso invito a expresarla como puedas: escríbela, báilala, cántala, muévete. Es preventivo.

El mayor trauma de un niño es quedarse solo con su dolor

Estudié trauma, y hay algo de Gabor Maté que repito siempre. Una cosa es lo que un niño puede vivir como golpe: la negligencia, el abandono, la soledad. Pero el mayor trauma no es solo el hecho doloroso. Es vivir ese dolor y no tener con quién compartirlo. Quedarse solo, sin nadie que contenga.

Y eso lo hemos vivido casi todos, porque los adultos que nos cuidaron muchas veces tampoco sabían contener. Es una especie de epidemia de falta de contención que se transmite de generación en generación. Los niños de hoy son de los más estresados del planeta, y en Chile se suma que somos una sociedad internalizante, hacia adentro, que no expresa lo que le pasa. Los niños son verdaderas esponjas de todo eso.

La fusión con el mundo de la madre

En la primera infancia el niño vive en fusión con el mundo emocional de su madre. Ya desde el líquido amniótico esa fusión es completa. Por eso cuando llega a mi consulta una mamá cuya guagua tiene una alergia alimentaria, trabajo con la mamá. La pregunta no es solo qué alimento, sino qué situación, qué persona, qué circunstancia le está generando alergia a ella.

Recuerdo un caso, con la reserva que corresponde. Una mujer extranjera, embarazada en pandemia, que no pudo ver a su familia ni su familia pudo verla embarazada. Durante los nueve meses comió mantequilla de maní, y cada vez que la comía sentía el abandono de su familia de origen. Su guagua nació con alergia al maní y a las nueces. Cuando pudimos poner en palabras y liberar esa emoción, apareció un sentido que la alimentación por sí sola no explicaba. No todos los casos son así de nítidos, pero muestran por qué mirar el ambiente emocional cambia la conversación.

La emoción y el resentir no son lo mismo

Esta distinción viene de la Biodescodificación y es clave. Yo puedo sentir rabia o tristeza, eso es la emoción. Pero la pregunta que importa es otra: ¿cómo se siente tu cuerpo cuando siente eso? Esa es el resentir, la memoria celular, y es la que se conecta con el síntoma. Alguien puede decir cuando estoy triste me siento aplastada. Esa palabra, aplastada, es el resentir.

A partir de ahí buscamos el origen en tres lugares posibles: la vida cronológica de la persona, la vida intrauterina o la historia de un ancestro. El síntoma pudo activarse en cualquiera de esos tiempos. Encontrar dónde nació es encontrar el origen del origen.

El asma y la sensación de peligro

Un ejemplo que trabajo mucho es el asma, que casi siempre se conecta con una vivencia de peligro en el propio territorio. Los bronquios se aprietan cuando el cuerpo siente una amenaza alrededor. En un adolescente puede ser un asalto. En una guagua puede ser algo mucho más sutil: una madre que ama pero que sofoca, padres que pelean, un entorno que grita. El niño no interpreta con palabras, interpreta con el cuerpo: mi mamá me ama, pero no me deja respirar.

Por eso, cuando aparece un síntoma en un niño, la pregunta no es solo qué tiene, sino qué está pasando en su ambiente y a quién está espejeando. En los primeros años suele reflejar el mundo de la madre, y después de los ocho, más el del padre. Los niños absorben el sistema familiar completo.

Lo que un padre puede empezar a preguntarse

Antes que cualquier dato, esto es lo que invito a mirar. ¿Esta enfermedad la tiene alguien más en la familia? ¿Cuándo se activó el síntoma? ¿Pasó algo inusual, algún gatillante externo, justo antes? Y por quién podría estar espejeando este niño. No para culpar a nadie, sino para hacernos cargo, como adultos, de lo que damos, decimos y sentimos cerca de ellos.

Nada de esto reemplaza al pediatra ni al tratamiento médico. Lo complementa. La medicina atiende el síntoma y este acompañamiento va a buscar su origen emocional. Los dos caminos pueden convivir.

Si quieres profundizar, en mi libro Lo IN-curable se sana desde adentro hay un capítulo dedicado al origen transgeneracional de la enfermedad. Y si sientes que hay algo de tu historia, o de la de tus hijos, que necesita ser mirado, puedes agendar una sesión individual o conocer el Método N.E.S.® y los programas de formación.

Porque cuando un adulto sana su propia historia, casi siempre está sanando también la de un niño.

— Claudia Sasmay

Preguntas frecuentes

¿Por qué algunos niños se enferman más que otros?

La enfermedad en la infancia es multifactorial. Influyen la alimentación, el sueño, las pantallas y, de forma central, el ambiente emocional y la carga transgeneracional. Un niño con el cerebro en desarrollo no sabe procesar el dolor solo, y su cuerpo puede expresar a través de un síntoma lo que no puede poner en palabras.

¿Los síntomas de un niño son culpa de los padres?

No se trata de culpa. Se trata de hacerse cargo. El niño vive en fusión con el mundo emocional de su entorno, sobre todo de la madre en los primeros años. Mirar qué está pasando alrededor no busca culpables, busca darle al niño la contención que necesita.

¿Qué diferencia hay entre la emoción y el resentir?

La emoción es sentir rabia o tristeza. El resentir es cómo se siente el cuerpo cuando vive esa emoción, por ejemplo sentirse aplastado. El resentir es la memoria celular y es lo que se conecta con el síntoma. En terapia trabajamos con esa sensación corporal.

¿Por qué mi hijo tiene alergias alimentarias?

Las alergias en bebés y niños pequeños pueden tener un componente emocional ligado a la vivencia de la madre durante el embarazo o los primeros años, además de factores médicos. Por eso, en estos casos, el trabajo terapéutico suele partir por la madre. Siempre debe acompañarse de la evaluación médica correspondiente.

¿Qué puedo preguntarme si mi hijo se enferma seguido?

Tres preguntas ayudan a empezar: ¿alguien más en la familia tiene esta enfermedad?, ¿cuándo se activó el síntoma?, ¿pasó algo inusual justo antes? Y a quién podría estar reflejando el niño en su entorno. Son puntos de partida para observar, no diagnósticos.

¿Este enfoque reemplaza al pediatra?

No. La Psico Bio Terapia complementa a la medicina, no la sustituye. El pediatra y el tratamiento médico atienden el síntoma, y este acompañamiento busca su origen emocional. Ambos caminos pueden convivir y potenciarse.

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